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El otro Taj

¡Qué irreal parece todo esto! Hace ya treinta años que llegué a aquel lugar y todavía lo recuerdo. Como cualquier joven de mi época, la simple mención del imperio Mongol me hacía temblar de pies a cabeza, de miedo y emoción. Su conquista no fue cualquiera: tenían bajo su dominio la mitad del mundo.
Los mongoles  nunca tuvieron una capital fija. Las guerras, los avances y los emperadores los obligaban a cambiar cada cierto tiempo, pero en mi juventud ésta se situaba en una antigua ciudad de nombre Agra. Comprenderán entonces por qué llegar a conocer ese lugar se convirtió en el objetivo de todos los muchachos como yo, ingenuos y soñadores. ¡Y yo no sólo lo conocí! Viví en Agra durante veintisiete años…
En Persia, mi padre era un rico comerciante que buscaba hacer de sus hijos personas importantes. Yo descubrí mi pasión por la arquitectura pasando las hojas gastadas de los planos de mi abuelo; y mi padre, sabiendo que este arte era una gran fuente de riqueza, se apresuró a proporcionarme los medios para estudiar.
Me llevó a las clases de un maestro mimar o arquitecto de renombre, Sinan ibn Adülmennan, junto con una gran cantidad de personas. Sin embargo, pronto sobresalí: muchos de mis compañeros no buscaban más que las ganancias de la construcción y flaqueaban sus ánimos a la hora del trabajo duro. A diferencia de ellos, yo era capaz de dejarme llevar por el entusiasmo de un proyecto hasta altas horas de la madrugada. No cedía al sueño sin haber terminado lo que me proponía.
Pronto me volví el protegido del mimar Sinan. Me encargó diversos trabajos, y conforme pasaban los años, descubrió en mí un talento para la arquitectura. Se imaginarán ustedes mi entusiasmo cuando fue él mismo, no una simple ilusión de chiquillo, quien me propuso irme a Agra a probar suerte.
El viaje me tomó tres años, y pasé muchas penurias durante éste, pero nunca me importó. Estaba absolutamente seguro de que cada paso valdría la pena.
Al fin llegué a un país tan extravagante y ostentoso, que no lo podía creer. Pasé mis primeros días en la India tratando de absorberlo todo con los ojos, y de comprenderlo. Pronto descubrí de que obtener fortuna no sería tan sencillo. No eran pocos ni mediocres los arquitectos que ya vivían en Agra.
Durante dos años sobreviví de trabajos insignificantes, poco acordes con lo que yo podría haber entregado, pero al final, fue una mujer quien me descubrió.
Marchaba por el mercado con mis planos en una bolsa, atados a mi espalda, buscando alguien que pudiera requerir de mis servicios artísticos. Seguía yendo por mera costumbre, pues pocas veces había conseguido trabajo de esa manera. Sin embargo, ese día me topé con una mujer musulmana, cubierta propiamente con sus ropajes oscuros, pero con unos ojos diferentes a los de cualquiera que yo hubiese visto antes. En lugar de desviar la mirada, como hubiese sido lo adecuado, ella me miraba fijamente, con atención. Después de unos segundos, se acercó.
“¿Eres el arquitecto Ustad Ahmad Lahori?” me preguntó, y su manera de hablar tenía un tinte de autoridad que no pude dejar de notar. Asentí con la cabeza, bruscamente, enojado por su desparpajo, pero a la vez impresionado por la belleza que dejaban notar sus ojos y su voz.
Me dijo que tenía un trabajo para mí. Su padre acababa de morir, y en su honor se construiría la nueva mezquita de la ciudad. Me pregunté en seguida quién sería tal mujer, para tener una familia tan importante, pero no tuve tiempo de averiguarlo. Me puso en las manos un papel con una dirección, y se largó tan pronto como había venido.
Al acudir al lugar de la nota, encontré un grupo de arquitectos dispuestos a seguir mis órdenes. Decían haber sido convocados por un lacayo, y ninguno había visto a la mujer. Tampoco conocían al merecedor del monumento que nos era requerido.
Todo se aclaró de pronto en uno de los muchos días de fiesta que se celebraban en la ciudad. Desfiló el emperador por las calles, rodeado de lujo y guardias, orgulloso sobre su elefante. Junto a él iba su esposa favorita, con el cabello cubierto por un velo, mas no su rostro. No pude evitar notar que era hermosa, y sonreía suavemente, como si conociera un secreto que los demás ignorábamos. Al instante reconocí en sus ojos aquella mirada de la mujer del mercado. Así fue como me percaté de que había sido Mumtaz Mahal, la joven favorita del emperador Sha Jahan, quien me encargó mi primer trabajo digno en Agra.
Pasaron entonces los años, y en cada uno yo adquiría más renombre. Pronto me convertí en el arquitecto más famoso de la zona, y nada me faltaba: ni dinero, ni comida, ni cobijo, ni mujeres. Y entonces, cuando yo estaba en la cúspide de la fama, sucedió una tragedia: Mumtaz Mahal falleció durante el parto de su catorceavo hijo.
La pena del emperador fue desgarradora. Mientras en la ciudad se hacían honras funerarias y lloraba la gente, éste se mantenía recluido en el palacio. Recordando a la mujer del mercado, lamenté su pérdida y tuve simpatía por el hombre. Sin embargo, nadie se enteró de la causa de su encierro, sino hasta el día en que los mejores arquitectos de la India fueron llamados a su presencia.
Nos percatamos en seguida del sufrimiento que el hombre había pasado: manchas negras cubrían la parte inferior de sus ojos por la falta de sueño, y su expresión tenía un dejo de locura. Con voz ronca nos comunicó su proyecto: hacer para su esposa y para él los dos mausoleos más hermosos de la tierra. El de su esposa debía ser blanco como su pureza, el suyo negro como su dolor.
Sentí escalofríos de escuchar a un hombre planeando su propia tumba. Supe al instante que nuestro poderoso emperador de mares y tierras se estaba volviendo loco de amor, y temí por la ciudad. Sin embargo, me di cuenta también de que era mi oportunidad perfecta para dejar mi huella en la Tierra. Un monumento maravilloso, gigantesco, deslumbrante: la prueba de mi genio en este arte. Acepté en seguida ser el líder de los arquitectos.
Tardamos veintidós años en construir el Taj Mahal, la corona del palacio, un pico blanco y uno negro, cada uno en una orilla del río Yamuna.
Una vez por semana durante todo ese tiempo, nos reunimos con el emperador para mostrarle nuestros avances, y él nos daba su opinión. Muchas veces destruyó los planos y modelos que le llevábamos, y nos decía que no, que debía ser más hermoso, más delicado, más impresionante. Otras veces asentía distraídamente, con su pensamiento en otro lugar, o se regocijaba de la belleza de los detalles que planeábamos.
Lentamente, la locura de Sha Jahan se volvió también mi locura, y su obsesión la mía. A veces no dormía por la inquietud de un pequeño detalle, de un pequeño bloque de mármol que simplemente no parecía estar en el sitio correcto.
Sé muy bien las condiciones en que tuvimos a tanta gente laborando durante más de dos decenios: fueron terribles. Muchos murieron en mi intento por alcanzar la gloria, soy consciente, pero alguien tenía que haber hecho el trabajo físico necesario para la construcción del monumento. Toda obra grandiosa tiene su precio.
Parecía mentira que algún día fuéramos a terminarlo, pero sucedió. Iba a diario a ver el progreso del Taj, pero cuando al fin estuvo listo, sin andamios, ni barras de fierro, ni huecos, ni imperfecciones, tuvo un efecto totalmente diferente que el acostumbrado. Los dos mausoleos eran efectivamente bellísimos. Se completaban el uno al otro, y deleitaban a la vista desde cualquier ángulo, con sus detalles minúsculos y cuidadosos, así como sus formas estéticas. Sólo sentarse y contemplarlos era un espectáculo al que es imposible hacérsele justicia con palabras.
Sin embargo, había algo más. Tal vez por la propia naturaleza del Taj Mahal, la atmósfera estaba cargada de algo incómodo, incluso se podría decir que aterrador y aplastante. Mientras Sha Jahan contemplaba los edificios por primera vez, comenzó a reírse, y entonces yo no vi más hermosura ni amor en mi obra, sino que tuve miedo. Comencé a marearme y sentí ganas de vomitar, pero me esforcé por decime a mí mismo que era sólo el efecto de verlo al fin terminado.
No fui yo el único en tener esa extraña sensación.   
Aurangzeb, el hijo del emperador, que había estado viviendo hasta entonces en Mumbai, acudió a contemplar la tumba de su madre al fin completada. Yo, como arquitecto al mando, lo conduje al lugar.
En vez de mostrarse contento o siquiera impresionado, una rabia terrible se apoderó de él y se lanzó sobre mí para aferrarme del cuello de la camisa y decirme en un susurro entrecortado: “¡¿Qué demonios has hecho, imbécil?!”
Para ese entonces yo ya me había convencido de que mi obra no tenía nada de malo en ella, ningún defecto, y en mi sorpresa, eso fue lo que intenté responderle. El hombre me espetó “¡Ese es exactamente el problema!”, y soltándome bruscamente, se largó de ahí lo más rápido que pudo, dirigiéndose al palacio de su padre.
Entonces fue cuando vi las cosas con claridad. Había estado tan obsesionado todos estos años por crear algo que dejara para siempre mi nombre en este mundo, que sin querer superé los límites de aquello que es humano y aquello que es simple, para tratar de hacer algo perfecto, y por tanto, aterrador; algo que implicaba un tipo de fuerza que no tiene ningún hombre sino otra cosa, más poderosa y desconocida para mí hasta entonces. Volví a mi casa como pude, caminando a trompicones, turbado y asustado, temiendo haber despertado una furia sobrenatural sin precedentes.
Nunca sabré que sucedió esa noche en el palacio, o qué tipo de conversación tuvieron el emperador y su hijo, pero a la mañana siguiente comenzó la destrucción de la parte negra del Taj Mahal.
Yo vivía cerca del lugar, y en cuanto escuché los ruidos salí corriendo para averiguar qué estaba ocurriendo. Justo al cruzar la puerta de mi casa, pude ver una enorme explosión que derrumbaba la cúpula del oscuro edificio. Grité y caí de rodillas. A pesar del terror que me causaba, antes trabajé para su construcción durante más de veinte años, soñando y esperando con terminarlo. En ese momento, desplomándose, tenía una majestuosidad casi mayor que antes, y supe que estaba viendo caer al monumento más hermoso que la humanidad había llegado a conocer.
Me di cuenta de que tenía que dejar Agra, y así lo hice. Escapé esa misma noche, a penas llevando lo básico, y me dirigí hacia el sur.
He vivido en la pequeña ciudad de Panaji durante tres años. A pesar de tener tan cerca a las hermosas playas de Goa, cálidas y tranquilas, la inquietud que sentí el día del derrumbe de la parte negra del Taj no ha desaparecido.
A la semana siguiente de huí, me enteré por un mercader de que Aurangzeb había tomado el control del imperio. No supo decirme qué había ocurrido con el antiguo emperador. También él me contó que la parte blanca del monumento sigue de pie. A pesar de que con la oscura se fue mucha de la magia, me alegra saber que aún queda algo del Taj: de mí. Porque me parece obvio que no duraré mucho más.
No he vuelto a saber nada de los arquitectos y artistas que trabajaron conmigo durante ese tiempo, y sé muy bien por qué. Aurangzeb nos tiene miedo. No quiere que volvamos a construir algo como lo que hicimos. En el fondo de mí, le he dado la razón: tal monumento simplemente no debía existir. Tanta maravilla lo volvía demasiado terrible. Sin embargo, el nuevo emperador no descansará hasta encontrar a todos los que participamos en aquella obra. No podré esconderme de sus hombres ni aquí ni en ninguna parte.
Me parece, incluso, que mientras estoy aquí sentado en mi estudio, escribiendo estas palabras, escucho sus pasos subiendo por las escaleras.
©2009 ~Hikaru-chan9
:iconhikaru-chan9:

Author's Comments

Es un cuento basado en la leyenda de que, junto al Taj Mahal blanco, existía una copia exacta de color negro.
Se ha probado que no es verdad, pero igual inspira.

Comments


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:iconmizakishidou:
Cool, la temática me recuerda mucho a Borges. Te quedó muy bien

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Please, visit my webcomics!!!
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:iconhikaru-chan9:
¡Yay! Gracias por el fav y la comparación.

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"Desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro"
:iconliamish:
espera, cuando dices explosion te refieres al efecto expansivo de las particulas de polvo cuando son sometidas al peso increible de los bloques que se derrumban sobre elas y no a una explosion causada por quimicos, verdad? porque, sabes, no se usaban explosivos quimicos en ese entonces como forma de demolicion

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pleonasmos tautologicos redundantes muy repetitivos
:iconhikaru-chan9:
Em, sí, me refiero a eso O.o...

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"Desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro"
:iconliamish:
al principio pense que eras tonta, pero veo que pensaste lo mismo que yo

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pleonasmos tautologicos redundantes muy repetitivos
:iconhikaru-chan9:
¬¬...

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"Desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro"
:iconkanzencm:
me ha gustado mucho la redaccion, aunquer por algun motivo el texto no me llamó tanto la atención; tienes muchos que me han gustado mucho más; aun asi, esta llamativa la leyenda.
A mi me contaron una en Hawaii que me gusto mucho sobre una montaña XD

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night hunter
:iconhikaru-chan9:
Es diferente a los demás...

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"Desconfíen siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro"

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January 10
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